Sobre Ire

Ire nació un 13 de agosto de 1987 en Galicia.

Desde su infancia siempre ha habido gente que le ha dicho que tenía una imaginación especial, pero no todos comprendieron cómo trabajaba su mente. Si bien es cierto que algunos valoraban su creatividad, muchos otros (la mayoría) no entendían esa manía por crear.

Con menos de tres años Ire dibujaba a las personas con su boca, sus ojos, sus orejas, sus piernas, sus brazos y... sus botones. Algunos vieron aquellos dibujos como algo especial y digno de recordar, aunque Ire lo vea más como una fijación por los detalles. Sí, la gente lleva botones. En las camisas, en las chaquetas, en los abrigos, en los pantalones...  Hay botones por todas partes, ¿por qué no iba dibujarlos?

Ire era demasiado pequeña para recordar los dichosos botones, aunque todavía tenga dibujos que lo demuestren.


Cuando se dio cuenta realmente de la realidad fue uno de los primeros días de primero de Primaria. Ire tenía seis años, frente a ella un dibujo de un gato completamente blanco y la orden de colorearlo al gusto. Cogió una cera naranja y comenzó a pintarle unas rayas gruesas de ese color, dejando entre ellas líneas blancas. Ire había visto gatos pelirrojos de rayas blancas, pero parecía que los demás niños sólo tenían en su cabeza a los negros, marrones... e incluso alguno ni siquiera movió la mano con la excusa del gato blanco. Escuchó a muchos de sus compañeros señalar su dibujo y reírse de su gato anaranjado, pero Ire, cuanto más lo miraba más normal le parecía, así que se sintió conforme con su mascota.

Con nueve años aproximadamente, en el mismo colegio en el que todos se burlaron de su gato, el tutor pidió reciclar una caja de zapatos y transformarla en una casa. El aula estaba repleta de casitas de campo, con su jardín, su árbol, su tejado rojo, sus ventanas cuadradas... Pero entre toda esa urbanización idílica sobresalía un monstruo de construcción más propia del centro de una gran ciudad que del pueblo que se había formado entre todas las mesas. Lo cierto es que Ire podía haber hecho un edificio con una caja de zapatos, pero decidió utilizar dos y aun por encima colocarlas verticalmente para construir ocho plantas. Además de esto, le hizo unos balcones que sobresalían de la fachada, y cubrió las cajas con papel pinocho de color azul chillón, algo que no ayudaba a pasar desapercibido. No conforme con ello, amuebló el interior con muebles de cartulina y adornó las ventanas con cortinas y enredaderas de papel. La experiencia del gato pelirrojo quedó en nada al lado del rascacielos. Las caras de los demás alumnos eran una mezcla entre sorpresa, asco e incredulidad, aunque lo que peor le pareció a Ire fue que su tutor puso la misma cara que el resto de sus alumnos de diez años. Se enfadó un poco, pero no porque nadie en esas cuatro paredes le hubiese reconocido su trabajo, sino porque de alguna manera lo habían menospreciado y se había premiado la comodidad de no salirse del rebaño. Sus padres todavía conservan el edificio en el trastero, aunque, al igual que los reales, con el paso de los años está bastante deteriorado.


El enfado se le pasó al día siguiente. A partir de ese momento Ire comprendió que tal vez no fuese que tenía demasiada imaginación, sino que eran los demás quienes carecían de ella o simplemente no sabían encontrarla.

Fueron pasando los años sin mayores anécdotas. Desgraciadamente, a medida que crecemos nuestra educación va olvidando cultivar la creatividad y la imaginación de las personas. Ire aprendió a no salirse de la fila, a seguir las normas tal y como venían escritas. Con dieciocho años entró en la universidad y de nuevo se dejó llevar por lo que la sociedad demandaba. Aun así, Ire no dejó que se perdiese en ningún momento todo lo que pasaba por su mente. Aprovechaba cualquier permiso de creatividad en los estrictos trabajos que demandaban sus profesores.

Estaba en segundo de carrera cuando revivió el momento rascacielos y el gato pelirrojo. Ire creía que estaba ante una de las pocas materias de sus estudios en la que podía sacar a pasear su imaginación. Unas manualidades para niños y algunas láminas a pilot la entusiasmaron tanto que por primera vez había empezado a hacer algo el mismo día en que se lo comunicaron. Ire llegó a la presentación con un gusano hecho con hueveras y unido con una cuerda, que movía las patitas y los ojos cuando caminaba, y tenía unas antenas largas y peludas. Estaba tan lleno de colores que cualquier niño hubiese disfrutado con él durante un buen rato. Para Ire eso ya merecía la pena. En cuanto a las láminas, se había pasado horas y horas delante de un papel perfilando miniaturas con un pilot del número más bajo, haciendo siluetas abstractas y relieves en blanco y negro con los que el único comentario que consiguió fue ¡qué trabajo!, con la boca abierta y con cara de yo nunca haría eso ni aunque me pagasen.



Ire había olvidado que muchos adultos habían perdido en algún momento de su vida aquella imaginación multicolor que tenían cuando aun disfrutaban de las pequeñas cosas. Su profesor pasó la mirada por las láminas como si allí estuviese dibujado el monigote con botones de hacía diecisiete años. Pero no penséis que el invertebrado le pareció una basura, todo lo contrario, aunque Ire no se dio cuenta de ello hasta que él dijo su primera y última frase - ¿Éste me lo puedo quedar?. Ire siempre había sido una persona extremadamente callada, nunca sabía qué decir en ninguna situación, y ésta no iba a ser menos. Ante su mutismo el profesor comenzó a juguetear con el muñeco, e Ire decidió que la imagen de ese hombre moviendo el gusano con las antenas y las patas de un lado a otro debía terminar lo antes posible. - Sí, claro - le respondió. Después de esa frase no volvió a ver el gusano nunca más.

Días después se enteró por sus compañeros que el profesor había negociado con algunos de ellos. Había comprado unas cuantas manualidades por unos cuantos números más en las notas finales. Ire había sido la única que había regalado un trocito de su imaginación. Se alegró de haber disfrutado al hacer todo lo que había hecho, porque si no le hubiese gustado tanto trabajar en ello le habría caído demasiado pesado ver alrededor de tanto notable y sobresaliente el aprobado que venía escrito al lado de su nombre.

Ire continuó con la diplomatura y cuando la terminó pensó que todavía no había aprendido nada, así que comenzó una licenciatura, y cuando la terminó, pensó que seguía sin saber nada, pero al margen de cursos que en países como el suyo sirven de poco, Ire no empezó más estudios.

Con veinticuatro años se encontró con un curriculum lleno de supuestos aprendizajes pero vacío de experiencia, una visión que parecía compartir todo aquel que se encontraba frente a ese papel. La famosa crisis tampoco ayudó a que Ire dejara de sentirse como un parásito para convertirse en una persona útil. Así que estaba ante mucho tiempo libre y demasiada imaginación acumulada durante años.

Todo comenzó un par de meses antes de las Navidades de 2012. Ire, harta de que su madre pusiese todos los años en el Belén una vieja manca tocando la zambomba o unas ovejas con patas de alambre oxidado, decidió hacerle uno ella misma. En principio el Misterio iba a ser suficiente, más adelante iría haciendo figuritas poco a poco... Pero Ire se emocionó y comenzó a hacer figuras de todo tipo. El pescador, el pastor con las ovejas, los cerdos, las gallinas, las lavanderas, el panadero, el frutero, los Reyes Magos con sus camellos, los patos, los pastores de la cueva, Herodes con su castillo e incluso con sus soldados... No conforme con eso, le hizo un río que ocupaba medio mueble del salón, una montaña con la cueva para los pastores, un desierto con palmeras, un huerto y hasta un pueblo entero.


En un mes Ire había terminado el Belén de su madre... y cuando aquellas Navidades pasaron volvió a sentirse vacía e inútil.

El Belén que había hecho había gustado bastante, así que decidió hacer uno para ella, por si algún día le diesen la oportunidad de hacer su propia vida y poder tener un huequecito para unas cuantas figuritas.

Pasaron algunos meses pero a medida que Ire iba trabajando, su ansia por hacer más iba en aumento. Así que fue ese el momento en el que decidió enseñar a todo el mundo lo que de verdad le gustaba hacer.

Con veinticinco años, en el verano de 2013 abrió El Taller de Ire con la intención de enseñar a los demás que todo el mundo puede hacer algo creativo si se lo propone. Que no es cuestión de tener imaginación, sino de tener ganas de aprender y de crear. De poner tu sello personal entre tanto producto idéntico que nos viene de fábrica. Y especialmente de disfrutar haciendo algo sin que un currículum sin experiencia nos lo impida, ni una política injusta nos frene, o una crisis que pagamos los que no la hemos creado nos deje sin ilusiones.

Este blog fue creciendo poco a poco y ha tenido una acogida increíblemente buena a corto plazo. Cuando cumplió su primer año ya había superado el medio millón de visitas y tenía más de 20.000 seguidores en Facebook.

Ire se dio cuenta de que todo esto le entusiasmaba en el momento en el que trabajaba en una de sus manualidades y se paró a escuchar. Todo estaba totalmente en silencio, sólo se oía el movimiento de materiales encima de la mesa. Llevaba horas así. No necesitaba música para canturrear, ni la televisión de fondo para que le hiciese compañía. Supo entonces que podía evadirse de todo haciendo lo que hacía, y eso le encantó. Era una especie de relajante y al mismo tiempo le llenaba de actividad.
Actualmente, Ire se pasa horas buscándole una segunda vida a los objetos que van a ser desechados, observando cada cosa con distintos puntos de vista, inspirándose con cada milímetro de cada rincón, y acostándose cada día con millones de ideas en la cabeza. Se alegra al comprobar que hay muchísima gente que también es capaz de ver la vida de mil formas diferentes.
Tal vez cuando terminó la universidad, Ire creyó que todavía no sabía nada, pero con su taller no ha habido un sólo día en el que no haya aprendido algo nuevo.


LinkWithin



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...